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TV CHIHUAHUA

La triste historia de un Ojinaguense en Sinaloa; Don Manuel Payen Favela


LA MALDICIÓN
DE LA TIERRA



Hace 4 décadas se dotó a este pueblo con 2 mil 570 hectáreas, casi 4 veces la superficie de CU de la UNAM; una vasta tierra salitrosa que hizo imposible cualquier cultivo. Con el tiempo y por necesidad, la gente del ejido vendió parcelas o le fueron expropiadas. Hoy se finca ahí el desarrollo industrial atraído por el gasoducto, rodeando a esta comunidad marginada y en rezago social, pero donde 30 familias aún insisten en aprovechar sus predios al convertir el ‘veneno’ en el remedio: la explotación de sal

El Ejido Rosendo G. Castro se fundó rodeado de veneno puro para la siembra productiva.

La gente de la comunidad no encontró en esta tierra un modo de vida para sobrevivir, pero por su ubicación al lado del puerto de Topolobampo, hoy es estratégica para los desarrollos energéticos millonarios que comienzan a instalarse en este punto del Pacífico mexicano, a partir de la instalación de las líneas del gasoducto.

La concentración de sales de sus parcelas no permitió el desarrollo de cultivos, aunque tampoco intentaron incursionar en la acuacultura, un negocio más propicio para estas tierras.

Don José Manuel Payén Favela fue uno de los pioneros de esta comunidad. Procedente de Ojinaga, Chihuahua, llegó hace un poco más de 40 años, cuando apenas se fincaban las primeras viviendas.

Los muros del exterior de su casa son de madera y atiende en una mesa comedor que está en el terreno del frente. Tiene 76 años y camina con ayuda de un bastón.

De piel morena clara, bigote cano, viste una camisa azul de manga larga, en cuya bolsa atesora el último cigarro de una cajetilla. Se protege del sol con una gorra de Harry Potter.

-¿Es ejidatario?, se le pregunta.

-Tiene tierras salitrosas, responde su esposa, quien sale detrás de él y suelta la risa de burla.

Don Payén toma la palabra con serenidad y adquiere un tono de nostalgia conforme recobra algunos recuerdos.

“Sí se llegó a sembrar las tierras, pues unas se ‘libertaban’ y otras no porque era salitrosa la tierra. Para lavar las tierras tuvimos que sembrar arroz. Nomás para lavarla y tener un pretexto; se consiguió un crédito para eso y se logró un poco de la cosecha y lo que se perdía lo pagaba el gobierno, porque ya no se pudo dar”, recuerda.

“Sembramos una vez (arroz) y ya después sembramos maíz. Alcanzó a llegar a los elotes, porque la misma necesidad de la gente… no puedo decirles rateros, la misma necesidad, ¿verdad?”


También sembraron trigo y caña, pero no se lograron. Por eso, quien también fue comisario del ejido, se dedicó a los oficios después de trabajar en Pemex. Es el de yesero del que se siente con mayor orgullo.

Había que llevar el pan a la mesa de alguna manera. Pero definitivamente, no por medio de sembrar la tierra, porque como lo explica José Armando Infante Fierro, cronista de Los Mochis, la gente de este ejido nació enterrada en la marginación.

“La mayoría de sus hectáreas, que la dotación original era de 2 mil 570 hectáreas, eran tierras salitrosas, cerriles, de tal manera que no eran en su gran mayoría susceptibles al cultivo, así que desde un principio se les dieron tierras que prácticamente los enterraban en un mundo de marginación", comenta.

“No solamente tenemos esa marginación de las condiciones de las tierras que son de cultivo, agrarias o de uso ganadero, sino también los centros de población de lo que se conoce como Rosendo G. Castro o el Campito, ahí en esa parte, pues tenemos precisamente que son tierras muy bajas y que constantemente padecen de inundaciones o son áreas que difícilmente se les puede dotar de servicios”.

De ejidatarios sólo tienen el título. Poco a poco han ido vendiendo sus parcelas y otras les han sido expropiadas desde su fundación. De 80 que iniciaron hace 40 décadas, apenas quedan cerca de 20 con parcelas.

“Por la misma necesidad hemos ido vendiendo, vendiendo por pedacitos”, dice don Payén.

En Ojinaga, don Manuel trabajó en la “labor”, en las parcelas agrícolas chihuahuenses, llegó a Topolobampo para trabajar en Pemex y aprendió el oficio de electricista.

Sólo estudió hasta tercero de primaria, pero de acuerdo con el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, no es el único en el Rosendo G. Castro con escolaridad trunca.

Con 670 habitantes, el 16 por ciento de la población de 15 años y más tiene incompleta su educación básica; de hecho, el promedio de años de escolaridad es de 8.

Otro 8 por ciento es analfabeta o no cuenta con estudios. Un 10 por ciento más, en un rango amplio de edad, de los 3 a los 24 años, no asiste a la escuela.

Con una tierra salitrosa, improductiva y sin un patrón de estudios completos, los ejidatarios han buscado la superviviencia en oficios como la albañilería, herrería, soldadura, el yeso, o como veladores.

El porcentaje de desocupación de la población es del 20 por ciento.

Otros han migrado a los Estados Unidos o se han empleado en Pemex o la Comisión Federal de Electricidad, las dos paraestatales con plantas industriales a sólo un par de kilómetros del ejido.

Aunque para las mediciones de la Secretaría de Desarrollo Social, el rango de rezago del ejido Rosendo G. Castro es muy bajo y el de marginación es bajo, el 23 por ciento de la población carece de derecho a la salud; sólo 12 viviendas tienen conexión a internet y el 5 por ciento tienen piso de tierra. En el 13 por ciento de las casas no hay ni refrigerador.

También es un pueblo adulto, pues el 63 por ciento de la gente es mayor de 18 años y un 8.5 por ciento supera los 60 años.

Con la llegada del gasoducto, el desarrollo industrial se fincará sobre estas tierras salitrosas. Ya llega la planta de amoniaco que, con una primera inversión de mil millones de dólares, será una de las más grandes de Latinoamérica, además de una planta fotovoltaica para producir energía eléctrica y un parque industrial.

La gente del Ejido Rosendo G. Castro, sin embargo, quedará atrapada en medio del polo de desarrollo, algunos en sus casas de madera, con piso de tierra, otros sin drenaje y todo el pueblo con sus calles sin pavimento que se inundan cada vez que llueve… y vulnerable a los ‘coyotes’ de tierra.

Fuente:Noroeste.com

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